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Compra una Game Boy ladrillo

La octava generación de consolas ya se está asentando. Sony y Microsoft se reparten el mercado con Ps4 y Xbox One y la Wii U no vende todo lo que Nintendo esperaba. Nintendo 3DS nos deja bizcos y PS Vita asiente pasiva a la supremacía de las dos pantallas. ¿Por cuál te vas a decidir? Está bastante claro. Pasa de todas y compra una Game Boy tocha, que dentro de muy poco va a cumplir 25 añazos ya, por que es la mejor consola del universo conocido. Seguramente de universos paralelos también. En serio. ¡De verdad!

No me gustan los logros


Si hay algo que se ha puesto de moda con la última generación de consolas, hasta el punto de convertirse en algo imprescindible en los nuevos dispositivos, son los sistemas de logros. La fiebre del trofeo ha llegado a tal punto que son los propios usuarios los que los reclaman a voces cuando la consola no los incluye: tal fue el caso de la 3DS. Más del cincuenta por ciento de los usuarios querían que la portátil incluyera un sistema de comparativa de logros, con los que poder fardar ante los colegas.

Muchos ya conocerán cuál es la política de Nintendo frente a la implementación de logros: los juegos están diseñados para ser explorados por uno mismo, por mera diversión o interés. A pesar de todo, van claudicando lentamente, cediendo ante el poder arrollador de la masa gamers. Y me atrevería a decir que casuals.

Crítica a Pokémon: The Origin


Ya está. Ha ocurrido lo que era evidente. Yo, como todo Pokémaniaco hijo de vecino, estaba absolutamente encandilado con la idea de dejar atrás el horroroso personaje de Ash y seguir el periplo de Red, el verdadero protagonista de la primera saga, el entrenador legendario, el Sephiroth de Pokémon. Uno esperaba dejar atrás todo el kid-fan-service hacia Pikachu, Charizard y demás emblemas de turno.

Qué equivocado estaba. Claro. Los nuevos estilos de animación, un hilo argumental a priori fiel a la historia y cuatro imágenes de combates provocan que uno deje volar el hype desbocado y acabe montándose una parafernalia en la cabeza que nada tiene que ver con el resultado final.